Este homenaje nos lo envió una persona que quería recordar a su abuelo, Manuel Ortega Navarro, como una de las personas más buenas que ha conocido nunca.
Su vida no fue fácil.
Como muchos hombres de su generación, empezó a trabajar siendo muy joven y pasó por años complicados, pérdidas familiares y momentos difíciles que habrían cambiado el carácter de cualquiera.
Pero hubo algo que siempre llamó la atención a quienes lo conocieron.
Nunca dejó que todo aquello lo convirtiera en una persona amarga.
A pesar de todo, seguía intentando ayudar a los demás. Siempre tenía tiempo para escuchar, para echar una mano o para preocuparse por quien lo necesitara, fuera familia, vecino o cualquier persona del pueblo.
No fue una persona rica.
No dejó grandes cosas materiales.
Pero dejó algo mucho más importante.
El recuerdo de alguien que, incluso después de una vida dura, siguió tratando bien a los demás.
Con el tiempo, su familia entendió que eso requiere una enorme fuerza.
Porque hay personas que convierten el dolor en resentimiento.
Y otras que, aun habiendo sufrido, siguen siendo buenas personas.
Por eso quiso dedicarle este homenaje.
Porque esa fue probablemente la mayor lección que dejó a toda su familia.
Añadir comentario
Comentarios