Me llamo Clara y muchas veces pienso en esto cuando investigo mi árbol familiar.
Mis antepasados no sabían que alguien contaría su historia.
Eran personas normales. Trabajaban, criaban hijos, se preocupaban por las cosechas, por el invierno, por sacar adelante a la familia.
No escribieron libros.
No ocuparon cargos importantes.
No dejaron grandes monumentos.
Solo vivieron.
Cuando murieron, probablemente pensaron que su vida quedaba atrás como la de tantas otras personas anónimas.
Pero siglos después alguien abre un archivo, encuentra su nombre en un registro y vuelve a pronunciarlo.
De repente su existencia vuelve a tener voz.
Un bautismo, un matrimonio, una firma temblorosa en un documento… pequeños rastros que sobreviven al tiempo.
Y entonces entendemos algo muy simple.
Ninguna vida es insignificante si de ella nacieron otras.
Mis antepasados nunca imaginaron que alguien investigaría su historia.
Pero hoy, cada vez que digo sus nombres, vuelven a existir un poco más.
Este homenaje es para ellos.
Y para todos los antepasados anónimos que construyeron el camino hasta nosotros.
Añadir comentario
Comentarios