Mi abuelo Antonio Martín nunca salía de casa sin llevar la documentación encima.
No era una costumbre ocasional ni algo que se le olvidara a veces. Era un gesto fijo, automático. Antes de cerrar la puerta, se tocaba el bolsillo interior de la chaqueta o el pantalón, comprobando que los papeles estaban allí.
Llevaba siempre lo mismo: partidas dobladas, algún documento antiguo ya gastado y un carnet viejo, de esos que apenas se entienden con el paso de los años. Todo iba junto, doblado con cuidado, protegido como algo importante, aunque nadie se lo hubiera pedido en ese momento.
De pequeña no lo entendía. Me parecía exagerado. Pensaba que era manía o costumbre sin sentido. ¿Para qué iba a necesitar esos papeles para ir a comprar el pan o dar una vuelta corta? Él nunca lo explicaba. Simplemente los llevaba.
Con el tiempo entendí que mi abuelo había aprendido a no salir sin demostrar quién era. Vivió en la posguerra, en una España donde moverse sin papeles podía traer problemas. Donde un control, una pregunta o una mirada bastaban para meterte en un lío. La documentación no era solo identificación: era protección.
No recuerdo que hablara de miedo. No decía que tuviera miedo. Pero lo llevaba puesto, doblado en el bolsillo. No era pánico ni paranoia. Era experiencia.
Años después me di cuenta de que ese gesto no terminó con él. Yo también reviso si llevo el DNI. Yo también siento incomodidad si salgo sin documentación. No porque vaya a pasar algo, sino porque mi cuerpo aprendió, sin saberlo, que ir sin papeles no es buena idea.
Mi abuelo Antonio Martín no dejó grandes discursos ni explicaciones. Dejó hábitos. Dejó gestos pequeños que decían mucho más que las palabras. Y entre ellos, esa necesidad constante de llevar encima la prueba de quién era.
Porque hay herencias que no se transmiten con historias, sino con precauciones.
Y algunas vienen directamente del miedo aprendido.
Añadir comentario
Comentarios