Cuando era pequeña, había algo que siempre me llamaba la atención.
Mi abuela se sentaba cada día en el mismo lugar de la casa, en silencio, con una fotografía entre las manos. A veces sonreía. Otras veces parecía estar hablando en voz baja. Yo la miraba sin entender qué hacía exactamente.
Durante mucho tiempo pensé que era simplemente una costumbre.
Hasta que un día pregunté.
Aquella fotografía era de mi abuelo.
Había fallecido siendo joven, cuando todavía estaban empezando su vida juntos. Mi abuela se quedó sola, con hijos pequeños y toda una vida por delante que tuvo que reconstruir sin él.
Nunca volvió a casarse.
Siguió adelante como pudo, sacando a su familia adelante, trabajando, cuidando de sus hijos y, con los años, también de sus nietos. Pero hubo algo que nunca cambió.
Cada día hablaba con aquella fotografía.
No era un gesto extraño para ella. Era su manera de seguir manteniendo vivo a quien había sido el amor de su vida. Como si, de alguna forma, todavía estuviera presente.
Con el tiempo entendí que no estaba hablando con una imagen.
Estaba hablando con su recuerdo.
Porque hay historias que no terminan cuando alguien se va. Historias que continúan de otra manera, en los pequeños gestos, en los silencios, en los recuerdos que se repiten día tras día.
Y quizá el amor también sea eso.
Seguir hablando con alguien… aunque ya no esté.
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